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Por Chente. ¿Qué como me fue en mi viaje de luna de miel? Pues, que puedo decirles que ustedes no se imaginen. Me fue bien, muy bien. Cipriano tenía la ilusión, desde joven, de conocer Paris. Ésta fue su oportunidad, y yo encantada de acompañarlo. ¿Quién no quiere estar al lado de su amado?, principalmente si se trata de su viaje de bodas. Llegamos a París, por la mañana, el personal del aeropuerto, todo el tiempo se portó amable y deferente, nos atendieron de maravillas y nos facilitaron los tramites migratorios. Un buen inicio.
Nos hospedamos en el Hôtel d'Aumont, el de la rue de Jouy y no crean que en una habitación cualquiera. No, fue en la suite destinada para ocasiones especiales, como la que estábamos viviendo. Me gustaría que ustedes, hubieran sentido la suavidad de las sabanas. Sí, eran una caricia para el cuerpo, y su aroma, ¡que ricura! Con decirles que me extasié oliéndolas, y frotándolas en mis mejías, que suavidad de seda. Un deleite inapreciable. Y las alfombras, mullidas, mis pies descalzos se hundían en ellas a cada paso, causándome un cosquilleo agradable. ¡Y el olor de las rosas! Si, nos recibieron con rosas en la habitación. Los franceses si que saben de romanticismo. Además, como comprenderán todo esto era nuevo para nosotros, ya que en nuestras casas no gozamos de ese confort. Los baños, otro deleite. No olviden que estábamos estrenando el amor. El agua tibia, graduada a nuestro gusto, se deslizaba sobre nuestra piel, utilizábamos jabones olorosos a flores del campo, champús de deliciosa espuma. Tal era el gozo de enjabonarnos, que el baño se iba transformando lentamente en una fiesta para los sentidos. Los besos apasionados recorriendo nuestros cuerpos en reciproca complacencia. ¿Las emociono, verdad? Es parte del amor, ustedes lo saben, no tengo que contarles más. Cipriano, dispuso que fuéramos a la Torre de Eiffel, una obra grandiosa de ingeniería, conocida en todo el mundo como símbolo de la Ciudad Luz. Ahora puedo presumir que estuve en esa mole de metal, que no fue un sueño, la toque con mis propias manos y llegue hasta la parte más alta, en donde Cipriano veía a sus pies la realización de sus sueños, abajo, lamiéndole los pies, El Sena. En la noche, abordamos uno de los botes que recorren esa vía fluvial y abrazados bajo la lluvia de notas musicales, que brotaban de un acordeón, hicimos el recorrido. Que más pueden pedir dos almas enamoradas que vibran al unísono. Yo lo seguía a donde él lo deseaba. No importaba adónde, si estábamos juntos. En uno de los paseos, caminamos por jardines, recién mojados por la lluvia matinal disfrutando del agradable olor a tierra mojada y del perfume de los jazmines en flor. Paris es un deleite para los sentidos. Tuve tiempo para todo, hasta para leer. Sí, llevé mi libro favorito y mientras él dormía, yo leía en silencio, sin perturbar su sueño para nada, ni siquiera con el leve roce de las páginas. Que descanse, me decía, con una sonrisa de complacencia, mientras le apagaba la luz, para que mañana, de nuevo, me atienda en todo sentido. París tiene fama por sus perfumes y a cada paso me sentía inmersa en la tuene estela que damas y caballeros dejaban flotando en el aire al pasar a nuestro lado, tanto en las calles, como en los restaurantes o en el hotel. No. Cipriano no me compró ningún perfume, al menos en las tiendas de la ciudad, no se lo permití. Es cierto que yo le hice notar la gama de aromas que nos envolvían a cada instante, pero no fue con la intención que me comprara algunos. No. El viaje de por sí ya le costaba un ojo de la cara. No quiero que te cueste el otro, le dije en broma. Si no lo considero yo, ¿quién lo va a considerar? ¿Y la comida? Buenísima. Una fiesta para el paladar. Cipriano gozaba leyéndome el menú. Según él, lo hacía en francés, por supuestos con sus fallas garrafales, pero eso nos divertía. Ni él, ni yo, entendíamos lo que me leía y al final terminábamos aceptando las sugerencia de los garzones. Siempre fueron atinadas las recomendaciones, los sabores deliciosos, como decimos por acá, para chuparse los dedos. ¡Que salsas! Sazonadas con un gusto exquisito. Y los postres, con una dulzura que no empalaga. Y por supuesto no faltó el vino tinto. Sí, el que me gusta y para nuestras cenas más intimas, la champaña. En resumen, lo disfrutamos de lo lindo. Fueron días que no olvidaré jamás. Si alguna vez pueden visitar París, háganlo y si tienen la suerte de ir de luna de miel, mejor. Creo que no se deleitaran tanto como yo lo hice, o quizás más, ya que ustedes, queridas amigas, gozan del sentido de la vista. Mayo 2004 |