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Chente Luciano es un hombre de campo, muy macho, como debe ser todo hombre; según dice él. Logró estudiar medicina, regresó a ejercer a su pueblo y al poco tiempo contrajo matrimonio con Eliana, la señorita "Flor de la feria". Su primer hijo resultó hija, hecho que le causó contrariedad. El primer hijo siempre debe ser varón, solía decir, para que el apellido no se pierda. Aceptó a la nena a regañadientes y le mostró cariño, después de todo era su hija, bueno, y también de su esposa. Tres años más tarde se realizó su sueño, nació su anhelado varoncito, el que le daría continuidad a su estirpe. A su hijo lo llamó Luciano, como él, como el abuelo y como el bisabuelo. Chanito, era su orgullo. Tenía planes para él. Le enseñó a montar, cabalgar en las carreras locales y a comportarse como todo un hombre. Herminia, la niña, creció a la sombra de su indiferencia, no le perdonaba que fuera la primogénita. Eso sí, heredó la belleza de la madre, muchos decían que en un futuro no lejano llegaría a ser "Flor de la feria" como legado natural de su bella progenitora.
A su debido tiempo sus dos retoños terminaron la educación primaria y los mandó a estudiar a la cabecera departamental. Para que se formen -decía-, y lleguen a ser alguien en la vida. Aunque para Herminia no veía mayor futuro, se casará y vendrá a servirle a cualquier cabrón. Su estudio es una inversión innecesaria, pero hay que dárselo para que no digan. Los chicos venían al pueblo para los feriados y para la vacaciones, ambos se desarrollaban hermosos, con buena presencia y Luciano los paseaba por el pueblo con orgullo. Hasta de la chica se sentía satisfecho, cuando sus amistadas se la elogiaban. –Salió a la madre-, solía decir. Cuando Herminia cursaba el último año de bachillerato, se enteró de que ella tomaba y tomaba más de la cuenta; y corría el rumor que además consumía drogas. Luciano, le suspendió los estudios y le ordenó que regresara al pueblo. -Bajo mi tutela –le aseguró a su esposa-, la voy a enderezar o si no, ¡ya verá! Herminia, siguió bebiendo a pesar de todo. No faltaban oportunidades para hacerlo y ni regaños, ni amenazas lograban apartarla de la adicción. Resultó ser alcohólica. -Es por tu culpa –le recriminaba a su esposa-, tu padre, tu abuelo y tu hermano son alcohólicos. El alcoholismo es una enfermedad transmisible y bonita la gracia, le heredaron ese gen. La madre callaba, no contaba con argumentos para rechazar tal aseveración, ya que sus parientes cargaban con esa estigma. -Nunca debí darle estudios –agregaba con furia-, además de haber sido un gasto innecesario le permitió estar alejada de nuestra tutela. Y ya ves las consecuencias. Herminia, a fuerza de buena voluntad, logró mantenerse sobria por algún tiempo y al acercarse la feria del pueblo, por su belleza fue invitada a participar como candidata a señorita "Flor de la feria" ¡Y ganó! El día de la investidura resplandecía con su vestido verde alverja y lucía maquillaje y peinado de salón de belleza, realizados en la cabecera municipal. Los padres de Herminia se consideraban felices, algo bueno les había dado la chica y estaba lindísima, como la madre algunos años atrás y además sobria. El baile de gala marchaba como debe ser y a media noche se realizó el acto de la investidura. "La flor de la feria" saliente le colocó a Herminia la banda respectiva. Hubo aplausos, fanfarrias, discursos y afuera del salón no faltaron las ametralladoras de cohetes. Luego el tradicional brindis con la copa de champagne y el baile de honor con el señor Alcalde. La copa de champagne fue el detonante que despertó al gusanito guarero y Herminia, entre baile y baile se las ingenió para empinar el codo hasta que culminó la noche con un gran clavo que por respeto a las honorables personas no vale la pena mencionar. Después de la fiesta y el bochorno que su hijita del alma le había hecho sufrir, Luciano no tenía donde meter la cara, pero el programa de festejos incluía para hoy un día de campo y la chica era invitada de honor. Maldiciendo la hora en que su primer hijo resultó hija, aceptó asistir al día de campo. -Después de todo –le dijo a su esposa-, quien no ha hecho en la vida un clavo estando con sus traguitos. El que esté libre de pecado que arroje el primer octavo. La actividad se desarrollaba con toda normalidad. Herminia lucía botas con punta de metal, pantalón vaquero ajustado, blusa roja, un sombrero de petate y la banda de su alta condición cruzándole el pecho. Don Luciano sonreía y saludaba a medio mundo, pero por dentro pensaba que todos los asistentes lo pelaban a sus espaldas y muy en su interior maldecía a su hija por los malos momentos que le ha hecho pasar. La madre seguía con docilidad a su esposo, saludando a sus vecinos y orando por el buen comportamiento de la patoja. Herminia había sido advertida de no tomar, de comportarse como toda una dama y así lo hacía. Sin embargo "la goma" la estaba torturando. Se decía así misma que esa sería su penitencia, que se aguantaría y regresaría a casa sin avergonzar a sus padres. El fuerte sol la atormentaba y en su estado, más. Buscó un lugar con sombra y hacia él se encaminó. Encontró un sitio con hierba fresca y se sentó para reponerse de las consecuencias de la noche anterior. No bien se había acomodado, emitió un grito que captó la atención de los circundantes. Herminia había sido mordida por una serpiente de cascabel. En pocos minutos "La flor de la Feria" se vio rodeada por sus alarmados coterráneo y en medio de ello su padre, el médico del pueblo, tratando de auxiliarla. El presidente de los festejos opinó que había que trasladar a la señorita a la cabecera departamental para que fuera atendida en el hospital, el Alcalde ofreció su vehículo para el traslado, pero don Luciano dijo que no, que para eso él era médico y que estaba en capacidad de atender a su hija. El padre de la chica, con rapidez, simuló atenderla con toda diligencia. Pero en lo más secreto de su interior, deseaba su muerte, no le perdonaría jamás que fuera alcohólica, que pusiera su nombre por los suelos y que le hubiera avergonzado tanto. Sucedió lo inevitable. La chica murió. Don Luciano, en los servicio fúnebres, fingió ser victima de la fatalidad del destino. -La ciencia –justificó- no siempre tiene la respuesta. Esto es una muestra de ello. Don Luciano, el hombre muy hombre, abstemio, recto y muy celoso de su reputación se sentía libre de esa carga que la vida le había dado. Ahora contaba sólo con un hijo, con un varón, que transmitiría sus genes y su apellido, tal como debe ser. Un año más tarde le avisaron a don Luciano que su hijo había abandonado los estudios. De inmediato lo fue a buscar a la cabecera departamental y lo encontró. Se dedicaba a mendigar el trago.
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