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Fuente: Reuters América Latina CRUCE A LA COLORADA, Guatemala (Reuters) - Los antiguos mayas abandonaron sus monumentales ciudades en las selvas de Centroamérica hace miles de años, y muchos culpan del colapso de su civilización a la deforestación masiva. En los siglos subsiguientes, un bosque rico en flora y fauna renació en Guatemala, actual hogar de uno de los mayores bosques tropicales al norte del Amazonas. Pero los modernos guatemaltecos están viendo una repetición de los errores de sus ancestros, como las prácticas de tala y quema de parte de los leñadores ilegales, ganaderos y narcotraficantes que destruyen cada año suficientes árboles para llenar un área del tamaño de la ciudad de Dallas, Texas.
La Reserva de Biósfera Maya, de dos millones de hectáreas en el norteño departamento de Petén, fue establecida en 1990 para proteger parte de una selva que se extiende por Centroamérica, Colombia y el sur de México. En el área se encuentra al menos un siete por ciento de las especies de la flora y fauna mundial, incluidos osos hormigueros gigantes, monos aulladores, guacamayas escarlatas y el esquivo jaguar, un felino en peligro de extinción que puede matar armadillos y otras especies con una facilidad asombrosa. Pero en décadas recientes, un control poco estricto en Guatemala ha llevado a una de las tasas más elevadas de deforestación del mundo, con más de un tercio de la flora original destruida. "Hubo un abandono total de los parques por parte del gobierno," dijo un funcionario de la Comisión Nacional de Areas Protegidas (CONAP). "Ahora hay presencia de otros intereses vinculados al narcotráfico," dijo la fuente que pidió anonimato por temor a represalias. "Se ha convertido en tierra de nadie," agregó. La Dirección Antinarcóticos de Estados Unidos (DEA) estima que un 70 por ciento de la cocaína que llega a ese país pasa por Centroamérica, a menudo a través del turbulento Petén donde bandas criminales trafican no sólo con droga sino con personas, animales exóticos y antiguas piezas mayas. El año pasado, hombres fuertemente armados invadieron las ruinas de una antigua ciudad maya llamada Piedras Negras, uno de los miles de sitios históricos que están parcialmente excavados o que aún están enterrados en la jungla. Los "narco-rancheros" utilizan sus recursos para comprar de manera ilegal grandes terrenos dentro del parque a campesinos que han invadido áreas protegidas. Las fincas de ganado sirven como una forma de lavar dinero y permiten crear pistas de aterrizaje clandestinas, de acuerdo con funcionarios del gobierno. TALAR Y QUEMAR En 2003, Guatemala declaró una emergencia nacional cuando miles de hectáreas fueron incendiadas y quedó en la tierra una delgada capa de nutrientes que puede ser fácilmente arrasada por las lluvias. En sólo tres años, la tierra que ha sido talada y quemada deja de ser fértil y a la flora original le pueden tomar 50 años para volver a crecer. Una teoría sobre el relativamente rápido colapso de la cultura maya hace 1.200 años es que la tala llevó a una erosión y evaporación. Algunos estudios muestran que la deforestación coincidió con un drástico descenso de la población maya alrededor de 950 DC. En la actualidad, las selvas están siendo reemplazadas por haciendas de ganado, cuyos millones de reses excretan metano, un peligroso gas de efecto invernadero. En Brasil, los científicos han demostrado que la quema y actividades de haciendas en el Amazonas representan un 75 por ciento de las emisiones del país, convirtiendo a la nación sudamericana en uno de los 10 mayores contaminantes del mundo. DE BUENA MADERA Una esperanza para la Reserva de la Biósfera Maya podría encontrarse en las "zonas de uso múltiple" que son áreas del parque donde a las poblaciones residentes se les permiten actividades de cultivo y tala bajo estrictas condiciones. Jorge Soza, que en un tiempo vivió de la recolección de goma de árbol para la elaboración de goma de mascar, hoy es presidente de FORESCOM, una firma maderera administrada por una comunidad, que exporta madera certificada como ecológica desde Petén. Con fondos de organizaciones internacionales, la compañía traza mapas de zonas de la selva utilizando sistemas de posicionamiento global, para evitar talas inmoderadas. Las maderas más rentables son la caoba y el cedro, pero las comunidades están tratando de procesar especies menos conocidas para utilizarlas en pisos y cubiertas para clientes ecologistas. De los 4 millones de dólares que las comunidades ganan cada año por la actividad maderera, destinan 150.000 para la prevención de incendios y de invasiones en su territorio. Para Soza, de 53 años, las comunidades tienen que tomar parte importante en la detención de la destrucción. "El estado es demasiado débil para manejar el bosque. Con las comunidades hay más control; por lo menos hay límites," dijo.
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