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San Sebastián, verano, 2006. -
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"me sueñas ya lo sé pero tan lejos, que ya no debo ser el que tu sueñas" Miguel Ángel Asturias Atravesada por los sonidos del paseo de la Concha de San Sebastián, donde muchos franceses, españoles y gringos vienen a veranear a la playa del bienestar; jóvenes bailando capoeira, tomando helados y el sol, paseando por la concha aprovechando que hay marea baja, la isla de enfrente siempre mirándonos, fundiéndose eternamente con el mar. El océano cantábrico acariciando tiernamente al continente.
De cara al gélido cantábrico, me veo asaltada por una sensación de nostalgia de los sonidos de mi ciudad. Me invade el recuerdo que hoy es día de mercado en la ciudad de Guatemala y la hora exacta de la llegada de la gente que comenzará a dar vida al mercado, así, uno a uno comienzan los sonidos a adentrarse: Primero, el silencio de madrugada mientras se remueve el nylon azul que cubre los puestos de venta, luego la fruta recién pelada cayendo a los tambos de agua, ya subido el sol las bocinas de la sexta, las campanitas de los helados "Lady", la mujer invitando con enérgica entonación: "atol de elote, arroz en leche, tostadas, chuchitos, qué le damos reina, pase adelante", el hombre que convence que el aguacate hoy está maduro: "aguacates a tres la mano, tomates a dos la bolsa", en el local de "Andreita la dulce No. 2, comenzando el día a todo mecate los Tigres del Norte: "allá en la mesa del rincón, les pido por favor que lleven la botella, quiero estar solo aquí con mi dolor, no quiero que alguien diga que le llorado a ella…", el siempre aplauso del tortilleo, el silbido cómplice a otro vendedor, el niño en el "Comedor Eben Ezer" que aprende de su padre y repite a todo el que pasa: "hay adobado, hay churrasquito, pollo dorado, aguas frías pase adelante por favor". La paca de ropa americana adueñándose de la juventud. Las veladoras y flores a la Virgen. La abuela vendedora de limones: "écheme la bendición seño que hoy no he vendido nada". Y, atrás esa sexta avenida, siempre llorando, siempre cruzando las horas. La cultura en definitiva es el suplemento de lo social que nos explica por qué los guatemaltecos somos guatemaltecos y no guanacos o catrachos o españoles o franceses, qué nos hace sentir y ver el mundo desde una mirada y un corazón chapín. Qué es el recuerdo sino el lenguaje de los sentimientos. Esa es mi cultura: sentir y actuar el mundo con corazón chapín: el sabor del adobado, imaginar el humo de la tortillería, la conversación con doña Cata, repitiéndose: "primero dios que hoy si hay venta porque ayer estuvo bien silencio". Esa manera espontánea y esperanzada de habitar en el mundo, es la que anhelo hoy desde esta playa vasca. Imaginar ese mi mercado, me lleva también a recordar las diversas formas que hay de expresar la identidad guatemalteca, de la manera en que se (des) articula la sociedad guatemalteca, de cómo esa gualtemaltecalidad está en constate transformación en el marco de la globalización. En la mujer que al volver del mercado a casa, encontrará que su venta estuvo "en silencio", soñará entonces, no sólo con mandar "la encomienda" y que logre pasar la aduana, sino pedirle a su comadre que le "haga la campaña de mirarle la venta, porque tiene un su hermano en Los Ángeles y mejor me voy a probar suerte"... Esa es mi sórdida y dinámica ciudad. Soñar a Guatemala es sólo idéntico a soñar a Guatemala: siempre es a colores y en medio del caos y enfermedad que nos caracteriza, es también a sonidos precisos y únicos, esa ciudad de alma enferma y sórdida es siempre la mía. La que repite mi nombre y me llama a soñarla y vivirla con los míos. |