Por Rebeca Alday, Madrid, 3 de diciembre, 2006
Hace algunos días recibí un mensaje de un amigo de antaño para señalarme que es erróneo mi planteamiento sobre cómo la modalidad neoliberal del capitalismo tercermundista y oligárquico, produce marginalidades específicas y éstas toman la forma (entre otras) de maras, también decía que no es la economía sino las personas las que "deciden" prosperar o marginarse. Es decir que para algunos no hay relación de interdependencia entre la marginalidad y el modelo económico neoliberal por el que apuestan hoy día los estados centroamericanos.
Hablo desde lo que he visto, escuchado y documentado, no con el deseo
de hacer apología de las maras, sino como una necesidad de explicar
este fenómeno creciente que caracteriza particularmente a nuestra
generación, nacida en un contexto de guerra. Una generación
inconsciente del mal heredado y de la resaca que nos dejó el genocidio
en el país.
La mejor manera de entender cómo se articula una sociedad, sus
enfermedades y el estado de su alma, es escuchando y observando a sus
actores. Las diversas formas de habitar y actuar en el espacio nos
explican a todos como parte de una dinámica social. El alma enferma y
violenta que caracteriza a la región es sin duda respuesta a las
desigualdades económicas y de la polarización de las poblaciones
centroamericanas.
Cada caída del sol en el trópico centroamericano, supone andanzas
específicas de cierta población popular y marginal interrelacionada con
formas determinadas de acumulación del capital en ese lugar del mundo.
Estas maneras concretas de acumulación del capital producen procesos de
marginalidad en los que día a día se apuesta por la violencia y el
crimen como forma inevitable de expresar descontento ante una economía,
un Estado y un sector privado que no ofrecen posibilidades de
participar libremente en la creación de riqueza y, en consecuencia,
tampoco posibilidades dignas y justas en educación, salud, vivienda,
consumo y empleo a ese extenso conglomerado de hijos de la guerra y
nacidos en tierra de nadie y sin nada. Creo haber visto y escuchado
hechos que explican por qué la marginalidad, tal y como la conocemos
hoy día, es producto de la modalidad neoliberal del capitalismo.
Primero, el neoliberalismo tiene formas distintas de insertarse en
cada región del planeta. En el caso de Centro América se caracteriza
por un enriquecimiento de las oligarquías al pactar con las
multinacionales, y por un empobrecimiento de las clases trabajadoras
crecientemente desempleadas. Al crecer este sector, toma formas
específicas de marginalidad, como lo son las maras, la prostitución, la
economía informal, y estos espacios de marginalidad generan formas
específicas de sociabilidad, es decir que al nacer en la marginalidad,
las relaciones sociales posibles son solamente con la marginalidad.
Segundo, la modalidad neoliberal propugna por la lógica de los mercados
locales y transnacionales sin regulaciones políticas, con lo que, en
una sociedad oligárquica y mercantilista, se ahoga con ello a las
clases trabajadoras. Un ejemplo de ello son las maquilas, en las que
son las trasnacionales quienes imponen las leyes laborales y el Estado
en vez de proteger a la clase obrera, permite sin ningún empacho que
miles de trabajadores, por ser “mano de obra barata y descalificada”,
tengan este tipo de empleo bajo el argumento capitalista de que “las
maquilas son importantes porque generan fuentes de empleo”. Deberían
agregara: “ante la incapacidad de los capitalistas locales de
generarlos ellos”.
Tercero, los miles de jóvenes de entre 12 y 35 años que se integran a
las maras, al verse sin familia, sin educación, sin vivienda y sin una
red social y familiar que los apoye, optan por la vida de la calle.
Esto lo expresa un ex miembro de los Salvatruchas así: “O sea de que yo
me metí en la onda de la clica cuando estaba bien vato1, la calle y el
pegamento, eran mi única alternativa”. El continuo uso de
estupefacientes, como “piedra” (cocaína), marihuana, heroína, es
frecuente y es común que bajo el efecto de dichas sustancias se cometan
los más conocidos crímenes. Al vivir en la calle se asume la lógica y
la normativa de la calle: vivir para matar. Si el sistema no te hace
vivir, te lo quebrás vos a él.
Cuarto, al tener la calle como única alternativa, estos jóvenes de
nuestra generación que andan con paso neoyorkino por su único espacio
permisible, buscando su lugar en el mundo y tatuados “piolines”,
calaveras, cruces, la Virgen de Guadalupe, telarañas, dos caras
simbolizando la tragedia y la comedia, murciélagos, tigres, dragones,
serpientes, alacranes, o las iniciales MS, escupen veneno al sistema
que los excluye del consumo y el empleo. De la educación y una vivienda
digna. Al vivir en la marginalidad, se generan formas marginales de ver
el mundo y de actuar sobre él. Por ello, la moral de las personas no
está relacionada sólo con los valores que promueve la familia, sino
sobre todo con las circunstancias concretas en las que nos toca nacer
(a ellos, morir). Como la calle, la muerte también se vuelve una opción
para esta generación envenenada del mal que produce la desigualdad y la
exclusión, que son la columna vertebral de un sistema y una modalidad
económicas que se autoproclaman libertarios, pero cuyos productos
humanos más visibles son el abandono y el enriquecimiento de unos y el
empobrecimiento y la muerte de otros. El hambre en medio de la
abundancia. La acumulación unilateral del capital viviendo al lado de
la miseria.
Un sistema económico puede producir prosperidad social cuando incorpora
al trabajo y al consumo a sus masas en calidad de ciudadanos. Y produce
miseria y violencia cuando excluye a esas masas de los circuitos de
producción y consumo de mercancías. Por eso es que sí es lícito decir
que el capitalismo oligárquico-neoliberal produce la marginalidad que
constituye el caldo de cultivo de las maras y de su forma
degradadamente alternativa de morir, matar y vivir.
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